SALAMANCA, GTO. – Entre flores blancas, lágrimas y un enérgico llamado al cese de la violencia, familiares y amigos dieron el último adiós a Patricia y su hija Katia, quienes fueron despedidas este martes con una misa de cuerpo presente en el templo de San Antonio Abad.
El recinto lució lleno de rostros conocidos y amistades que recordaron a ambas como mujeres de fe y «personas de Dios». La ceremonia fue un reflejo del dolor que embarga no solo a una familia, sino a una sociedad lastimada por los hechos recientes.
Un mensaje contra la violencia y el odio
Durante la homilía, el sacerdote oficiante compartió un mensaje que mezcló el consuelo con una cruda reflexión sobre la realidad del país. Recordó la cercanía que mantuvo con la familia, mencionando que incluso hace dos años acompañó a los deudos tras la pérdida de Miguel Ángel, otro integrante del núcleo familiar.
“En la mayoría de los estados estamos viviendo este tipo de violencia que nos ha lastimado mucho”, señaló el clérigo, quien lamentó la falta de capacidad para frenar estos actos. Sin embargo, su mensaje central fue de conversión:
«Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva. Ojalá que a aquellos que siembran violencia y muerte, algún día les llegue al corazón el deseo sincero de convertirse; esa sería la base de la paz», expresó ante los presentes.
Justicia divina
Citando las escrituras de San Juan, el padre fue enfático al recordar que «el que odia es como un homicida» y que, según la fe cristiana, quienes optan por el camino del mal no tienen parte en el reino de Dios a menos que exista un arrepentimiento genuino.
Para los familiares, el consuelo llegó con la promesa de la vida eterna, bajo la convicción de que para quienes hacen el bien, la existencia no termina con la muerte física. «A mí me consta que ellas eran personas de Dios», afirmó el sacerdote para reconfortar a los hijos y allegados de las víctimas.
Último adiós
Al finalizar la eucaristía, el cortejo fúnebre partió hacia el Panteón Municipal de la Cruz. Bajo el sol de la tarde, los restos de madre e hija fueron depositados en su última morada, cerrando así un capítulo de dolor que deja una huella profunda en la comunidad salmantina.