SALAMANCA, Gto. – Las calles de Salamanca se transformaron este viernes en un mosaico de devoción, color y hospitalidad. Entre el aroma a hinojo, el brillo del papel picado morado y el fresco sabor de las aguas de frutas, miles de salmantinos salieron a las calles para renovar una de las tradiciones más arraigadas del estado: el Viernes de Dolores.
El arte de la devoción: El altar de Esteban Rafael Navarro
Desde temprana hora, los domicilios que lucían un altar a la Virgen en su entrada se convirtieron en puntos de reunión. Uno de los más emblemáticos fue el de la casa del reconocido artesano Esteban Rafael Navarro, quien mantiene viva una herencia familiar que trasciende generaciones.
Para Esteban, levantar este altar no es una tarea sencilla; le toma una semana completa de labor detallada. Su ofrenda es un homenaje a la identidad guanajuatense, integrando piezas maestras de cartonería, flores frescas y diversas artesanías que reflejan la riqueza cultural de la región. Al identificar el altar, los transeúntes se acercaban para recibir la tradicional «agua de Dolores», símbolo de las lágrimas de la Virgen y de la generosidad salmantina.
Procesión por el corazón de la ciudad
Al caer la tarde, el fervor se trasladó a la Parroquia Antigua. De ahí partió la solemne peregrinación con la imagen de la Virgen de los Dolores, la cual recorrió las principales calles de la zona centro.
El contingente, integrado por miles de fieles, avanzó por la calle Juárez, rodeando el Jardín Principal y pasando frente a recintos históricos como el Santuario del Señor del Hospital y el Templo de San Agustín. A su paso, la procesión fue visitando los altares domésticos y públicos, creando un puente entre la liturgia y la fe popular.
Una ciudad unida por su historia
La jornada cerró con una afluencia masiva. Familias completas, desde niños hasta adultos mayores, recorrieron el circuito de altares, compartiendo no solo el agua y la nieve, sino el orgullo de pertenecer a una ciudad que, a pesar de la modernidad, se detiene para honrar sus raíces.
Salamanca demostró una vez más que sus tradiciones están más vivas que nunca, sostenidas por las manos de sus artesanos y el corazón de sus feligreses.