SALAMANCA, GTO. – El sol apenas comenzaba a asomarse detrás de las torres de San Agustín, pero en los molinos de la ciudad el día ya iba a la mitad. No es un lunes cualquiera; es 2 de febrero, y en Salamanca el aire no solo huele a invierno, huele a masa cocida, a chile cascabel y a ese compromiso ineludible que nace cada 6 de enero: los tamales de la Candelaria.
El despertar de los molinos
Desde las 5:00 de la mañana, el rítmico sonido de la maquinaria de los molinos marcaba el compás de la jornada. Filas de ciudadanos, con recipientes en mano y el sueño aún en los ojos, esperaban su turno.
En el mercado, el festín visual es absoluto. Montañas de hojas de maíz secas y los vibrantes verdes de las hojas de plátano recién llegadas adornan los pasillos. Las carnicerías operan a máxima velocidad; la manteca de cerdo, el lomo y el pollo vuelan de los mostradores, destinados a convertirse en el corazón de miles de tamales.
Un festín de sincretismo.
Lo que hoy vivimos en Salamanca es un hermoso eco del pasado. Mientras las familias acuden a los templos con sus «Niños Dios» vestidos de gala, en las cocinas se honra una herencia prehispánica. La tradición dicta que el «padrino» de la rosca debe invitar los tamales, pero el trasfondo es más profundo: es la bendición del maíz, el grano que nos da vida, en una fiesta donde la fe católica y las raíces indígenas se sirven en un mismo plato.
De verde, de dulce y de rajas
No importa si son los clásicos de salsa verde, los de mole con pollo, o los tradicionales «de dulce» que tanto gustan a los niños; hoy las dietas quedan suspendidas. Las mesas salmantinas se llenan de jarros de atole champurrado, café de olla y, por supuesto, de esas pequeñas joyas envueltas que representan unidad y alegría.
Al final del día, más allá de los gastos o las largas filas, lo que queda es el sabor de la convivencia. En cada mordida a un tamal, Salamanca reafirma que sus tradiciones son el ingrediente principal que mantiene unida a su comunidad.